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Listas de Útiles 2010
“En cada época y en cada país encontramos numerosas mujeres perfectas que a pesar de las persecuciones, dificultades o discriminaciones han participado en la misión de la Iglesia, basta mencionar a Mónica, madre de Agustín... y María Ward”
(Juan Pablo II) Mulieris dignitatem, 1988

Nació en Inglaterra en 1585, en el seno de una antigua familia de la nobleza rural, devotos católicos. En su hogar se practicaba en forma admirable la caridad y se mantenía la fe a pesar de las persecuciones a las que se enfrentaban los católicos de la época.
Entre los cinco y los diez años vivió junto a sus abuelos maternos, luego en casa de parientes teniendo una infancia y juventud alejada de su familia. Durante estos años presenció la persecución de los católicos de su patria, registros domiciliarios, y relatos de mártires que daban la vida por su fe con lo cual se formó en ella un carácter despierto con la impronta de la familia, la patria y la fe.
Madurando su vocación religiosa, creyendo firmemente en que por la fe ningún sacrificio era excesivo, a los 21 años viajó a Saint Omer para consagrarse al Señor. Aquí le inspiró la llamada a una misión que daría Gloria a Dios, fundar una congregación al estilo y espíritu de San Ignacio de Loyola.
En 1614 María Ward redactó las bases de su Instituto con una visión futurista que contrastaba con las costumbres de su época. Su obra fundadora no cesó pese a los abatares de la época y a los que tuvo que enfrentarse para mantener en pie los Institutos.
Tras su muerte, ocurrida en 1645, su obra sobrevivió a partir de tres casas que fueron el fruto de futuras fundaciones; el reconocimiento de la Iglesia sólo llegó en 1877.
Mujer valiente y audaz, con una entrega total a la voluntad de Dios, María Ward fue la pionera de la apertura del laicado femenino en circunstancias impensables para su época, en que las religiosas sólo podían ejercer dentro del claustro y las mujeres no recibían instrucción formal. Su figura emerge en nuestra época exhortándonos a hacer nuestro mundo más libre y más justo para todos, especialmente para los que más lo necesitan.
María Ward se dejó guiar en todo momento por Dios. Obedeció siempre lo que el Señor le inspiraba. Adoptó la espiritualidad ignaciana; algunos de sus fundamentos principales son: el “Magis” (dar la mejor respuesta; hacer todo lo mejor posible, buscar lo que más nos acerca a Dios). Estar dispuesta a servir a Dios y la Iglesia donde sea necesario.
Las características principales de la espiritualidad ignaciana, además del amor a Dios y del seguimiento personal de Jesucristo, comunes a todas las espiritualidades de origen cristiano, son las siguientes:
1. Buscar y hallar la voluntad de Dios sobre mi vida. No lo más perfecto objetivamente, sino lo que Dios quiere de mí.
2. Ensanchar el corazón hacia las dimensiones del universo, pero aterrizando en lo concreto para no perderme en vaguedades o en ideales irrealizables.
3. Conocer mi realidad lo mejor posible, examinándome periódicamente, tanto en lo positivo para darle las gracias a Dios, como en lo negativo para superarlo con su ayuda.
4. Discernir, a la luz de la oración y de la razón iluminada por la fe, cómo puedo mejorar mi realidad para hacerla más acorde con el Evangelio de Jesucristo.
5. Encontrar a Dios en todo lo creado, siendo contemplativo en la acción, unido a El en todo lo que hago.
Esta espiritualidad brota de la experiencia mística de Ignacio de Loyola, cuya fuente son los Ejercicios Espirituales.
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